Cuando Grecia se convierta en México.Ricardo Becerra LagunaLa silla rota. 26/09/2011
No falta mucho, en realidad. Si se fijan bien, si comparamos con rigor el paÃÂs de Sófocles y sus tragedias está siguiendo una trayectoria muy similar por la que rodó México, si bien 29 años después.
Llega a un lÃÂmite su modelo de crecimiento en buena medida por excesos gubernamentales, desorden financiero y bancario, deudas que crecieron exponencialmente y mucha corrupción. Por incorrecto que suene, todo eso no representaba ningún problema económico mayor, hasta que los famosos mercados cambiaron de humor como consecuencia de la crisis universal que ellos mismos generaron (desregulación mediante).
Goldman Sachs volvió a mentir y lo que hacÃÂa aparecer como endeudamiento público sostenible, de repente, resultó ser superior al 100 por ciento del PIB griego. Goldman cobró por su mentira y puso pies en polvorosa, dejando a los bancos europeos –sobre todo alemanes- con la absoluta incertidumbre: ¿podrán pagar los griegos? Y para asegurarlo, zanahoria y garrote: pequeñas dosis de créditos de emergencia, contingentes les llaman, por parte del Banco Europeo y del FMI, con la condición de imponer violentos planes de austeridad. En respuesta, las familias helénicas han sacado de sus propios bancos 40 mil millones de euros el último año, lo que ha profundizado el cuestionamiento a la solvencia del paÃÂs.
¿Qué ha hecho el gobierno desde hace un año y dos meses? De golpe, subir los impuestos; despedir a un millón 300 mil funcionarios; desaparecer un tercio de sus ayuntamientos; recortar al gasto público a toda velocidad –incluyendo infraestructuras y servicios médicos-, vender empresas públicas y muy especialmente, rebajar los salarios. ¿Les suena conocido?
A México le corresponde el dudoso mérito de haber sido la primera nación en la historia, que aceptó recibir un préstamo del FMI, Banco Mundial y el Tesoro Norteamericano a cambio del compromiso explÃÂcito de llevar a cabo un catálogo de “reformas estructuralesâ€Â. Tras la crisis de endeudamiento en 1982 se impuso no solo la fórmula de austeridad, no solo la obligación de pagar el principal y sus intereses, sino un programa ideológico y económico completo: privatización, reorganización del sistema financiero, disminución de barreras arancelarias y finalmente, contención salarial como “la llave†para todo lo demás .
Asàentramos a nuestra moderna era del estancamiento –hace 30 años- y es probable que Grecia esté inaugurando la misma historia, con un horrible catalizador: no tiene ese gran truco de compensación que ayuda tanto en esos casos: polÃÂtica monetaria, es decir, no tiene moneda propia.
Nosotros, al menos tuvimos la buena fortuna de usar a nuestro peso para que con su devaluación, ayudara a las industrias exportadoras (que no eran muchas) buscando abrirse paso en el mercado mundial. Con mucho mayor éxito, Suecia pasó por un vÃÂa crucis de shock, purga y austeridad en los noventa, pero lo hizo también con la inestimable ayuda de la devaluación de su corona, la que catapultó a una industria exportadora que de suyo, era ya diversa y madura.
Grecia no tiene, ni siquiera esa suerte. Atada como está a los mandatos del Euro, es decir a los mandatos del Banco Europeo (o sea de Alemania y Francia) su escapatoria de la crisis será mucho más lenta y dolorosa. En este año, el gobierno griego ha tenido que salir tres veces al balcón de las miserias para advertir a su pueblo –y de pasada, a los bancos europeos- que sin ayuda exterior sólo le queda dinero para pagar en octubre la nómina de maestros y médicos. Dicho de otro modo: quiebra del Estado.
Pero Grecia no sólo no tiene moneda propia. Cuando la crisis mexicana de 1982, los principales centros financieros en Estados Unidos y Europa atravesaban un periodo de razonable normalidad y podÃÂan ofrecer dinero al paciente mexicano (a cambio de cesión de soberanÃÂa como ya vimos) pero lo peor de su tragedia es que su implosión ocurre justoahora, cuando los principales centros financieros del mundo atraviesan por sucesivas convulsiones crediticias y ellos mismos se hallan al borde de un abismo recesivo, con pocos recursos y menos ganas de prestar. Alemania que prestó con alegrÃÂa a los griegos durante años sin importarle demasiado su carácter ni su “responsabilidadâ€Â, tampoco asume la parte que le toca en este drama.
¿Y si Grecia se declara en bancarrota y grita al mundo de una buena vez que no puede pagar los 420 mil millones de dólares (el 140 por ciento del PIB) que debe el Estado? ¿por qué no? Por el súbito aislamiento a que serÃÂa sometida, por su enorme dependencia energética y al hecho de que no produce siquiera los alimentos suficientes para su propio abasto. Un dilema que vivió México primero que nadie en la posguerra, y luego América Latina (Argentina más dramáticamente, por dos veces), Tailandia, Rusia y ahora Irlanda, Grecia, Portugal y quizás, España.
Los resultados de estas crisis, ya tan tÃÂpicas de la globalización financiera han sido diversos, pero creo que a los griegos con todo y su pertenencia a la Unión europea, y si tienen suerte, les acabará yendo como a los mexicanos, por esa doble mala suerte: no contar con polÃÂtica monetaria y no tener prestatario dispuesto asalvarla con un crédito fuerte, vasto, que le ayude a administrar en el tiempo el rigor del shock y el tamaño de la austeridad (¿en qué rayos está pensando el Banco Central Europeo?).
No es mi deseo para los griegos, por supuesto, pero con esos elementos sobre la mesa, Grecia se encamina a una depresión de varios años: con las mismas exportaciones valuadas en euros, menos salarios, mayor caÃÂda de la demanda, desempleo aún más alto, además de la completa pérdida de control sobre la dinámica de la deuda pública, es decir… el escenario mexicano de los años ochenta.
Aquella crisis originaria, condenó a una generación completa de mexicanos a vivir en un mundo inestable, con salarios permanentemente bajos y en un virtual estancamiento económico del que todavÃÂa no podemos escapar. AsÃÂ, y vistas las muchas repeticiones aquày allá, es posible entonces que lo nuestro no haya sido una anécdota, un signo de la mediocridad mexicana, sino que el estancamiento a largo plazo de unos paÃÂses sea la condición de este tipo de globalización, precisamente porque su mito, porque lo que cree importante, es la fantasÃÂa de que se puede pagar, se puede garantizar solvencia, se pueden trascender los problemas, sin resolver antes el crecimiento económico. El estancamiento es la condición de ese esquema alrevesado al que de todos modos, “castigan los mercadosâ€Â. Seguiremos con el tema