| Parlamentarismo: Un debate frívolo Gurú político. 07 de julio de 2010 Existen dos razones por las que no ha prosperado la reforma política: 1. La mayoría de las reformas de fondo impactan los intereses de nuestros partidos; y ellos no tendrían por qué aprobarlas si no son responsables ante los electores, como hoy sucede. En breve, no habrá reformas sin una presión concreta y organizada en temas puntuales. 2. La sobreabundancia de falsos debates. Algunos apoyan temas que son populares pero ineficaces, como reducir el tamaño del Congreso o insertar mecanismos como el referéndum, el plebiscito y la revocación del mandato. La creencia que más ha frenado el cambio es asumir que los problemas del país se resolverán si reformásemos todo el orden jurídico. Sin embargo ningún modelo resiste un análisis serio. Al final del día lo único que generan los proponentes de transformaciones radicales es miedo al cambio. Hace poco el Instituto de Estudios para la Transición Democrática (IETD) publicó su documento Equidad social y parlamentarismo, que propone un cambio radical basado en dos ejes: la instrumentación de una red de protección social y el cambio de régimen a un sistema parlamentario. Es cuestionable que las políticas de bienestar sean tema para refundar un país. Más allá de valoraciones, la intervención del Estado en los mercados y la provisión de bienes y servicios es materia de oferta partidista, concretamente de izquierda. Los diversos países transitan de reformas intervencionistas a privatizadoras y el equilibrio nunca es permanente. Imponer un modelo de desarrollo a nivel constitucional basado en una red de protección social le restaría capacidad al Estado para enfrentar problemas derivados de la misma como aparatos burocráticos, ineficacia, intereses enquistados y corrupción: tal y como sucede en México. También hay mucho por analizar sobre el papel del estado de bienestar en las crisis que enfrentan varios países europeos. Se analizará aquí la propuesta del cambio de régimen, en particular la seriedad de sus planteamientos y su viabilidad en México. Presidencialismo y parlamentarismo: ¿cuál es mejor? Un sistema presidencial nace a partir de la necesidad de equilibrar poderes. Tanto el ejecutivo como el legislativo son elegidos de manera separada y ninguno puede disolver al otro. Las relaciones entre ambos se basan en la vigilancia y el control del Congreso hacia el gobierno. Lo anterior hace que las asambleas sean fuertes y profesionalizadas en cuanto a atribuciones y estructuras. En un sistema parlamentario el gobierno emana de la mayoría en una de las cámaras, ya sea porque un partido la alcance o se requiera una coalición. Cuando sucede lo último, el grupo que tiene la primera minoría negocia espacios en el gabinete con sus posibles socios. En caso de perderse la confianza de la mayoría se convoca a nuevas elecciones, donde el ciudadano decide si retira o reitera su voto a alguna de las fuerzas políticas. Durante los años noventa del siglo pasado surgió una corriente de académicos que afirmaba que los sistemas parlamentarios son más estables. Al contrario, opinaban que los sistemas presidenciales eran propensos a la parálisis y la ingobernabilidad. Por ejemplo veían en la formación y existencia independientes de los poderes una fuente estructural de conflicto entre ejecutivo y legislativo, pudiendo inhibir la acción del gobierno. El debate no ha llegado a una conclusión. En primer lugar, aunque los regímenes parlamentarios han sido estables a partir de la segunda mitad del siglo pasado, eran los que colapsaban durante la primera mitad. Cuando se restauró el orden ninguno pensó en transitar al presidencialismo, sino hicieron un diagnóstico sobre lo que falló y modificaron sus reglas al respecto. De la misma forma las democracias presidenciales se han adaptado desde su restauración durante la década de los noventa. Por ello han comenzado a dotar a sus ejecutivos para defenderse de los excesos de sus legislativos e impulsar su agenda como poder de decreto, la iniciativa preferente y fortalecer sus atribuciones de veto. Tampoco experiencias exitosas de cambio de régimen en Iberoamérica. Chile experimentó con el parlamentarismo a finales del siglo XIX y principios del XX y regresó al presidencialismo. Incluso Brasil transitó de una monarquía parlamentaria a un sistema presidencial en esos años. Por último, el debate académico comienza a señalar que los colapsos de las democracias se deben también a factores societales. Por ejemplo, durante los años setenta las democracias de Iberoamérica colapsaron en el marco de la Guerra Fría, la cual implicó la radicalización de los partidos de izquierda y la presencia de guerrillas en casi todos los países. Ese ambiente dificultó la colaboración a tal grado que se impusieron soluciones autoritarias. Lo anterior señala que, aunque los arreglos institucionales son importantes pues definen las reglas del juego, sería absurdo atribuirles todo el peso en el éxito o fracaso de una democracia. Es necesario vigilar de manera constante el desempeño de nuestros arreglos y la forma en que interactúan con el entorno. Creer que las reglas por sí solas van a generar cambios sin conocer los contextos es pensamiento mágico. ¿Qué se transformaría con el cambio de régimen? Un criterio para determinar la solidez de la propuesta del IETD es ver si un sistema parlamentario posee o no las cualidades que se le atribuyen. Esto es, si los problemas que se detectan dependen realmente de un régimen presidencial, resolviéndose con el cambio. El documento atribuye numerosas cualidades al parlamentarismo: la generación de acuerdos de lago alcance, un mayor apoyo popular, la deliberación y discusión ilustrada en las cámaras y un menor patrimonialismo. Sin embargo, una revisión desapasionada muestra que las expectativas no tienen sustento. Revisemos los argumentos. Tanto en regímenes presidenciales como parlamentarios un gobierno sólo puede garantizar los acuerdos políticos que se alcancen durante la duración de su mandato. Más allá de ese plazo el seguimiento de cuanto se haya realizado dependerá de otros operadores políticos, quienes en realidad no tendrían por qué respetar cuanto pactaron sus antecesores. No obstante, los votantes de otras democracias pueden mantener la vigencia de los acuerdos y políticas de un gobierno a través de ratificarlo en la siguiente elección. En México todo empieza desde cero al permanecer los tomadores de decisiones en sus encargos por tres o seis años. Aun en el supuesto de que repita un partido, poco de cuanto hizo la administración anterior perdura. El grado de apoyo popular tampoco depende de un régimen político. Si así fuera no habría colapsos en las democracias presidencial o parlamentaria. El problema tiene que ver con el desempeño de un gobierno y su capacidad para generar condiciones de gobernabilidad. Cierto, el diseño institucional es relevante. Pero afirmar que el sistema político genera mayor apoyo por sí mismo es una exageración insostenible. Para algunos historiadores, el siglo XIX fue la era dorada de los parlamentos. Entre las razones citan que los debates eran ilustrados y los mejores hombres se peleaban por ser representantes. En esos años el derecho a votar se encontraba restringido a clases acomodadas o a elección indirecta, lo cual hacía que ingresasen precisamente los individuos con niel socioeconómico acomodado y con ilustración. En contraste, la apertura gradual de la participación política a la clase trabajadora llevó a la creación de los partidos políticos y al ingreso de legisladores que dejaron a un lado la retórica. Este fenómeno lo reportaba el político británico Lord Bryce en 1921. Todavía más, la aparición de los medios masivos de comunicación hizo que los representantes busquen posición ante sus distritos a través de intervenciones en tribuna, privilegiando el mensaje escueto o la declaración escandalosa antes que la deliberación y la discusión ilustrada. Hace aproximadamente cien años que los órganos legislativos de todo el mundo dejaron de ser el foro deliberativo ilustrado que propone los integrantes del IETD. Esto no es algo malo en sí, pues las sociedades evolucionan. Lo que sorprende es el intento de generar falsas expectativas a través de ideas anacrónicas. El patrimonialismo es una práctica común en todos los regímenes políticos. Tomemos un caso europeo: Francia. En ese país los diputados a la Asamblea Nacional tienen poco peso frente a sus partidos. Para tener una base de apoyo la constitución les permite acumular mandatos, como ser alcaldes de manera simultánea. Esta práctica lleva a que sus electores los vean como dignatarios que reparten beneficios a las localidades. De esa forma los legisladores tienen la capacidad para presionar por asignaciones presupuestales, pero esto los hace paradójicamente clientes del gobierno. Además el presidente francés cuenta con una partida presupuestal que ejerce a voluntad, la cual es destinada a obras arquitectónicas en distritos que colaboran con el ejecutivo. Lo anterior significa que el patrimonialismo no necesariamente es una mala práctica, e incluso ayuda a generar gobernabilidad. Sin embargo es poco deseable que se ejerza de manera opaca, como ocurre en México. ¿El problema se resuelve con cambiar de régimen? De ninguna manera. Se requieren políticas de transparencia. Los seis argumentos del IETD Cerca del final del documento, los autores distinguen seis razones por las que habría México de transitar hacia un régimen parlamentario. Se revisará la solidez de cada una. 1. Las mayorías son previas al gobierno; ellas son las que producen naturalmente al gobierno y no hay que construirlas mediante trucos institucionales. Los regímenes parlamentarios más estables tienen una característica en común: generan mayorías a través de sobrerrepresentar a los partidos con más presencia. Es decir, recurren a los trucos institucionales que rechazan los miembros el IETD como las segundas vueltas y el aumento al umbral de representación. La Cámara de los Comunes del Reino Unido se elige por distritos de mayoría relativa, lo cual sobrerrepresenta hasta en un 11% a los partidos más grandes: el conservador y el laborista. Está sobre la mesa la discusión de transitar hacia un sistema mixto (esto es, que cuenta con asientos de mayoría y de representación proporcional), e incluso en mayo de 2011 tendrá lugar un referéndum en la materia. Pero al día de hoy la moneda está en el aire. Los diputados de la Asamblea Nacional en Francia son electos con la mayoría simple de sus distritos, por lo que se recurre con frecuencia a la segunda vuelta. Esto limita el número de partido desde los procesos electorales. En Alemania existe un sistema electoral mixto. Los partidos nazi y comunista se proscribieron en 1949, con el fin de evitar las posiciones extremas. Para acceder a los asientos de representación proporcional, los partidos deben alcanzar umbral de representación del 5% de la votación. En México el umbral es de 2% y el Presidente Calderón propone aumentarlo a 4%. La mayoría de los sistemas de representación proporcional establecen fórmulas que premian a los paridos con mayor presencia, como les sucede a los partidos Socialista Obrero Español y Popular de España. Al contrario, Italia tuvo un sistema electoral de representación proporcional pura de 1946 a 1997. La inestabilidad en los gobiernos y el colapso de la clase política a mediados de los años noventa hizo que se transitase hacia un sistema electoral mixto. 2. Fuerza la negociación y la naturaliza, la hace parte del paisaje, la normaliza en el Congreso y en el gobierno. La negociación en un sistema parlamentario depende del número de partidos necesarios para formar una mayoría en la cámara baja. Entre menos son, más se incrementa la posibilidad de que el gobierno termine su mandato. El multipartidismo plantea retos importantes para la gobernabilidad tanto en sistemas presidenciales como parlamentarios. Otra vez, los regímenes parlamentarios más estables son los que generan mayorías o gobiernos de coalición con un socio mayoritario. Un sistema de partidos demasiado amplio y polarizado es un peligro para la supervivencia de una administración, pues los socios minoritarios pueden imponer su capacidad de chantaje cuando se necesita actuar frente a problemas de coyuntura que no están contemplados en los programas de gobierno. Un caso extremo de país con un sistema multipartidista al que le resulta cada vez más difícil establecer una coalición estable es Bélgica, debido a sus divisiones nacionalistas. 3. No necesita desplazar o cancelar el pluralismo real; por el contrario, lo admite y lo incorpora en su propio funcionamiento. En casi todas las democracias los partidos son sujeto de financiamiento público. Esto significa que para adquirir y conservar el registro, deben tener un apoyo popular mínimo; por lo que deben ser competitivos para sobrevivir. Y por más que se respete el pluralismo real de una sociedad, habrá opciones que no contarán con representación o, debido a su tamaño, seguirán tácticas de supervivencia política. Coincido en que no es bueno cancelar el pluralismo. Sin embargo es necesario definir las situaciones con claridad, evitando incurrir en medias verdades y diagnósticos equívocos. 4. Evita la permanencia de gobiernos “zombis”, es decir, los gobiernos que ya no tienen mayoría, que no tienen la pericia o capacidad para seguir ocupando la dirección estatal y, por ello, son naturalmente desplazados. Es interesante observar que mientras en ese pasaje parecen descalificar a los gobiernos minoritarios, unos párrafos después los elogian y reconocen que pueden llegar a ser estables. Sin embargo nunca dan una explicación de por qué sucede, salvo atribuir esto a la pericia o impericia de los actores. Empecemos con un tema básico: los votos de confianza son raros en países que tienen gobiernos estables y un primer ministro los llega a invocar en temas centrales para la supervivencia de la administración. También existe la posibilidad de que surja un escándalo de tal magnitud que el gabinete tenga que renunciar y se llamen a nuevas elecciones. Pero estos escenarios son poco comunes. En circunstancias normales los gobiernos minoritarios pueden sobrevivir gracias a la colaboración de partidos minoritarios que, si bien no les interesa formar parte del gabinete, desean vender sus votos a cambio de beneficios a sus bases. Tal es el caso de España, donde administraciones tanto de izquierda como de derecha se han apoyado en los partidos nacionalistas vascos y catalanes para gobernar, aunque esos votos puedan ser muy caros. 5. Despresuriza y normaliza el momento electoral, pues lo importante es la votación por partido (no por la persona) y es la negociación congresual la que resuelve el dilema de quién ocupará la primera cartera. Un asunto que nunca toca el documento del IETD es por qué la votación de partido es tan importante en sistemas parlamentarios. La razón: porque la única vía de acceso al gobierno es a través de una carrera legislativa que inicia, se desarrolla y culmina en la cámara baja. Un primer ministro es aquel que, gracias a su habilidad política y tras numerosas reelecciones, ha sabido ascender en rango y poder dentro de su grupo parlamentario y al mismo tiempo de su partido. Para decirlo en términos mexicanos, el primer ministro tiene el mismo poder que el presidente, el dirigente de su partido político y los coordinadores de sus grupos parlamentarios en ambas cámaras en países donde un grupo parlamentario tiene mayoría. Entre más grande sea la coalición, menor es su influencia en las decisiones públicas. Por lo tanto el votante en un sistema parlamentario sabe quién sería el próximo primer ministro si algún partido gana la mayoría, se convierte en primera minoría o, de existir dos institutos políticos en esa condición, cuáles serían las coaliciones factibles. No existe el azar en las negociaciones para crear gobiernos. Todavía más, la presencia de los medios masivos de comunicación hace que adquieran cada vez más relevancia los perfiles de los dirigentes de los partidos en el ánimo del votante. Es decir, las elecciones de los sistemas parlamentarios se están “presidencializando”. En breve, las elecciones en los sistemas parlamentarios pueden llegar a ser tan difíciles como en los regímenes presidenciales. 6. Separa claramente la representación del Estado de la jefatura del gobierno. No queda claro cómo esta separación de roles incide en una mayor o menor gobernabilidad. Los votantes en sistemas parlamentarios saben que el jefe del Estado es distinto al de gobierno pues desde el siglo XVIII el monarca fue perdiendo sus poderes frente al legislativo, quedándose con funciones protocolarias. A lo largo de los siglos XIX y XX varias naciones se transformaron en repúblicas y decidieron mantener esa distinción. Por el contrario, los sistemas presidenciales no necesitaron establecer esa separación. Es poco claro que el tener un jefe de Estado y uno de gobierno mejore el desempeño de las instituciones de un país. En todo caso, sería un proceso largo acostumbrar al electorado a aceptar esa separación. ¿Estamos listos para el parlamentarismo? A lo largo del documento, los miembros del IETD afirman que el parlamentarismo es el sistema que más se ajusta a la realidad mexicana, e incluso que el presidencialismo se ha agotado. Aunque pueda parecer innovador, el debate sobre el cambio de régimen ha aparecido y desaparecido de manera intermitente a lo largo de nuestra historia y nunca ha prosperado. En los primeros años de nuestra vida independiente el régimen político formó parte central de los debates. Hacia 1856 el parlamentarismo fue una de las banderas de constituyentes como Francisco Zarco. Incluso tras la caída de Porfirio Díaz y antes de la promulgación de la constitución de 1917 había corrientes que abogaban por el cambio de régimen como Antonio Enríquez, quien en 1913 propuso el cambio de régimen en 1913 con su libro Dictadura presidencial o parlamentarismo democrático. Sin embargo una y otra vez ha permanecido un sistema de separación formal de poderes, aunque no se le podría llamar un régimen presidencial, sino presidencialista. Tal vez sería mejor desarticular primero los elementos que sustentaron ese orden político antes que pensar en un cambio tan radical como transitar al parlamentarismo. De acuerdo con estudios académicos el presidencialismo mexicano se basó en cuatro elementos: 1) el sistema presidencial, definido en la Constitución de 1917; 2) la creación de un partido hegemónico a nivel nacional; 3) el control sobre las candidaturas a los cargos de elección popular gracias a la no reelección de legisladores y alcaldes a partir de 1933 y 4) los poderes metaconstitucionales que adquirió el presidente como titular de la maquinaria política que se había creado. El cambio de partido en la Presidencia en el 2000 no llevó al replanteamiento de las reglas del juego. Esto genera diversos problemas para la gobernabilidad: 1. Un presidente débil, toda vez que la fuerza del ejecutivo residía en poderes metaconstitucionales antes que en facultades definidas en la Constitución. Al contrario de sus contrapartes en Iberoamérica, el veto es débil y no cuenta con mecanismos como la facultad de decreto o la iniciativa preferente. 2. El viejo sistema llevó concentró atribuciones en la federación, depositándolas en un Congreso de la Unión controlado por un partido mayoritario. La desaparición de un Presidente titular de la maquinaria política del PRI hizo que los gobernadores llenaran el vacío de poder en sus respectivas entidades, llevando a un sistema donde tienen enormes recursos y escasas responsabilidades. 3. El sistema político se basó en redes corporativistas, que generaban canales de comunicación preferentes entre sindicatos y organizaciones agrarias y el Ejecutivo. Hoy día son uno de los principales obstáculos al cambio, toda vez que afectaría sus intereses. Esto no se resolvería con el cambio de régimen, sino con políticas de apertura y democratización de los sindicatos. 4. La no reelección de legisladores y alcaldes genera una clase política irresponsable ante los electores. Al no permanecer los representantes más allá de tres o seis años, no se pueden establecer arreglos a largo plazo y las políticas públicas se limitan al corto plazo. Si los legisladores sólo interactúan por un tiempo limitado, no se preocuparán por tejer relaciones basadas en la confianza; lo cual obstaculiza las negociaciones. Desarticular estos elementos requerirá tiempo y un proceso de prueba y error que podría tomar décadas y habría muchas resistencias por vencer. Quizás la propuesta del IETD tendría mayor aceptación si plantease una agenda de cambios que priorice las reformas indispensables. Si así lo hiciesen podrían articularse mejor con otros grupos en lugar de proponer modelos generales que sólo incrementan el temor al cambio. ¿Qué no dice el IETD? En su simplicidad, el documento genera la impresión equívoca de que el cambio de régimen es cuestión de que todos los actores políticos se pongan de acuerdo. Sin embargo se ignoran los detalles de llevar a cabo el cambio. Tomemos como ejemplo dos temas: el sistema de partidos y el federalismo. Sistema de partidos- Los integrantes de lETD dan el salto lógico de que, como tenemos ocho partidos, somos candidatos perfectos para cambiar al parlamentarismo. Sin embargo no hacen una reflexión de cuál es la fuerza de los partidos actualmente o cómo se comportarían en un nuevo entorno. En sistemas presidenciales los partidos políticos son más débiles y descentralizados que en los parlamentarios, pues existen varios caminos para acceder al poder ejecutivo: una carrera legislativa o la administración en los estados. Eso genera diputados y senadores más autónomos en sus acciones y con incentivos para vigilar a los gobiernos. Al contrario, en sistemas parlamentarios la única vía para acceder al poder es a partir de una carrera legislativa. Esto hace que los partidos se organicen alrededor del Parlamento y los legisladores guarden una estricta disciplina al votar. En México los partidos se encuentran desvinculados de la ciudadanía al no haber responsabilidad de los representantes hacia sus representados. Eso hace que las estructuras sean débiles y dependan más de la mercadotecnia que del trabajo en las bases. Por cuanto a los partidos pequeños se refiere, prefieren adoptar estrategias de supervivencia como coaligarse con los grandes a conquistar votos a través de comparar propuestas. ¿Sobrevivirían los partidos pequeños un régimen parlamentario? Probablemente no, pues tendrían que ser más competitivos. Además sus dirigentes deberían de emerger a partir de una carrera parlamentaria sólida en lugar de vivir de controlar los accesos a las candidaturas como hoy hacen. ¿Cuántos partidos se necesitan para expresar la pluralidad de la sociedad mexicana? Buena pregunta, pero no puede tener solución si antes no los hacemos responsables. Federalismo- Aunque varios países con régimen parlamentario atraviesan por proceso de descentralización administrativa hacia sus regiones, son pocos los casos donde operan sistemas federales de manera exitosa como Alemania o la India. En las últimas naciones, el marco legal establece un sistema claro de responsabilidades, tanto separas como concurrentes, entre la federación y los estados. Como ya se comentó los gobernadores en México pueden fácilmente evadir sus responsabilidades, toda vez que los años de dominación de un partido hegemónico les retiró atribuciones. Es poco realista pensar que van a autolimitarse y asumir responsabilidades porque todos se pongan de acuerdo para cambiar de régimen. Los gobernadores tienen otra atribución: son los grandes electores para los cargos de elección popular, toda vez que no hay posibilidad de reelección inmediata. Gracias a ello, y con una mayoría en los congresos favorables, influyen en los nombramientos, designaciones o ratificaciones de las demás instituciones como el poder judicial y los órganos autónomos. Si diseñásemos un sistema donde las mayorías parlamentarias elijan al gobierno con los actuales incentivos, le estaríamos dando más poder a los gobernadores, quienes no están sujetos a control alguno. Los problemas de parálisis y falta de proyección a largo plazo que denuncia el documento del IETD permanecerían. ¿Se puede hacer algo para erosionar el poder de los gobernadores? Sí: quitarles ese poder de nominación y dársela a los electores, a través de que los legisladores locales y alcaldes compitan repetidas veces por el mismo puesto. Tal y como sucede en otras democracias. Los efectos de la reelección inmediata de los legisladores y alcaldes no serían inmediatos, pero le restarían autoridad y con ello se reactivarían los equilibrios a nivel local. A partir de ello se podría buscar un federalismo más responsable. A partir de ahí podríamos hablar sobre cambiar de régimen. Por lo tanto… No existe un sistema perfecto. Al contrario, los países más estables han tenido la capacidad de adaptar sus reglas a un entorno cambiante. Tampoco se existe la posibilidad de inventar las instituciones desde cero salvo que haya sobrevenido un colapso. El objetivo de este texto no fue desacreditar el posible cambio a un régimen parlamentario o afirmar que el presidencial es necesariamente mejor. Lo único que se deseó señalar fue que un cambio de semejante magnitud no se puede dar si antes no se hace un análisis asertivo de qué no está funcionando con el actual sistema y por qué. A partir de ahí se podría tener una mejor perspectiva de cuanto habría de reformar y sus tiempos. Por desgracia el documento del IETD no ofrece un cómo llegar a ese punto y se desgasta en un ejercicio de imaginación sin sustento. Bienvenido el debate serio. | Lo que decimos y lo que dicen que decimos El Universal. 17 de julio de 2010 Señor Dworak: Soy Ricardo Becerra, del Instituto de Estudios para la Transición Democrática. Habitualmente recibo sus escritos, y esta vez, leo un alegato suyo contra nuestro documento “Equidad Social y Parlamentarismo”. No me extraña su desacuerdo con nosotros, me extraña, eso sí, su lectura tan apresurada y descuidada. Hemos elaborado ese documento para discutirlo con quien lo desee y para que sea criticado, pero queremos que sea criticado por lo que dice, no por lo que usted nos hace decir, nos atribuye o caricaturiza para liarse en una pelea a modo, desde la comodidad de su blog. Le respondo en tres puntos: 1) De un pase se deshace de una de nuestras tesis centrales: la absoluta necesidad de crear una red mínima de protección social. Usted escribe: “Es cuestionable que las políticas de bienestar sean tema para refundar un país. Más allá de valoraciones, la intervención del Estado en los mercados y la provisión de bienes y servicios es materia de oferta partidista, concretamente de izquierda…. Imponer un modelo de desarrollo a nivel constitucional basado en una red de protección social le restaría capacidad al Estado para enfrentar problemas derivados de la misma como aparatos burocráticos, ineficacia, intereses enquistados y corrupción: tal y como sucede en México. También hay mucho por analizar sobre el papel del estado de bienestar en las crisis que enfrentan varios países europeos." Así, nada más. En un párrafo usted hace evidente su desdén por el tema social -la pobreza y desigualdad- el más importante de México, en nuestra opinión. Le pido que se fije en todos los datos y las evidencias expuestas en nuestro texto; ellas demuestran que la década de los 2 mil es la peor en materia de desempeño económico y bienestar social, en casi un siglo. En estos diez años, la tasa media de crecimiento ronda el 1.5-1.9%, peor incluso que en los años treinta (con guerra mundial y gran depresión incluidas). La migración masiva de este tiempo, el nivel de empleo (solo dos veces anuales, en 28 años, hemos creado las plazas necesarias), el declive de los salarios medios y el largo etcétera que usted ignora, olímpicamente, en nombre de abstractas razones gerenciales. Nuestro punto es muy sencillo: si vamos a seguir nuestro viaje en la globalización, realizando cambios de mercado, buscando incrementos de eficiencia y productividad, es preciso ya, brindar un piso de seguridad a los ciudadanos, como lo hacen todos los países civilizados: seguro incondicionado, que le proporcione recursos líquidos en caso de desempleo y una reconstrucción de la seguridad social centrada en la salud. Una red de aseguramiento público contra los riesgos esenciales de la vida: desempleo, vejez, invalidez y enfermedad. Para edificar esa “infraestructura de la equidad”, se esté o no dentro del sistema productivo, se requiere encarar la reforma estructural más largamente pospuesta, lo mismo por populistas que por neoliberales, al menos desde hace 51 años: la fiscal. Es posible que se requieran nuevas reformas –incluso otra tanda reformas liberalizadoras-, pero es absolutamente necesario que México construya ese Estado social de derechos, precisamente para hacer viables, soportables y aún, legítimas las reformas, reformas que, por otro lado, tienen la peculiaridad de ser llevadas y pagadas siempre por los mismos: los asalariados del sector formal y los desempleados que se quedan al margen. La última frase de ese párrafo no viene a cuento pero es imposible dejarla pasar. Dice usted que hay que tomar en cuenta “el papel del estado de bienestar en las crisis que enfrentan varios países europeos”. Resulta que para usted señor Dworak, la crisis financiera, desatada por la invención fraudulenta de derivados y por la propia liberalización del sector, tiene su caldo primigenio en las estructuras del Bienestar social. No han pasado ni dos años del descubrimiento de la gigantesca estafa global protagonizada por banqueros y financieros en Estados Unidos y ya están fraguándose argumentos que insinúan que la crisis fue consecuencia de la irresponsabilidad de las clases medias bajas (trabajadores se llamaban antes), empeñadas en hundir el sistema con sus desaforadas demandas. Cualquiera que oiga a expertos como usted, llegará a pensar que la crisis ha sido provocada por millones de trabajadores que en todo el mundo occidental reclamaron aumentos de salarios intolerables, pensiones descabelladas, médicos y medicinas, “privilegios” imposibles de asimilar por un sistema libérrimo que hubiera funcionado bien si no es por esa locura que contagió a las clases medias bajas a finales del siglo XX y comienzos del XXI. Ese razonamiento (si es posible llamarlo así) invierte toda lógica y muestra a las claras, las bases peregrinas que sostienen a posiciones tan ideológicas como la que usted expresa. La crisis europea y la global –que nos arrojó al -6.5% del PIB el año pasado- es una crisis debida a la desregulación financiera, a las creencias en la magia de los “mercados completos”. Esas ideas fanáticas del libre mercado son las que embellecieron el proceso de difusión del riesgo y son ellas las que colocaron el manto para que admitiéramos la legitimidad de la voracidad crediticia, la irresponsabilidad y el fraude que ahora conocemos hasta por la vía penal (in Goldman, Sachs we Trust). 2) Luego, en otro de sus párrafos apunta: “El documento atribuye numerosas cualidades al parlamentarismo: la generación de acuerdos de largo alcance, un mayor apoyo popular, la deliberación y discusión ilustrada en las cámaras y un menor patrimonialismo. Sin embargo, una revisión desapasionada muestra que las expectativas no tienen sustento.” Nuestro punto, señor Dworak es arribar al Parlamentarismo más por necesidad que por elección o por virtud. Lo que decimos es esto: dada la estructura de partidos real, dividida en tres grandes corrientes que son ya históricas y por tanto no prescindibles, estamos condenados a un escenario permanente en el que el partido que lleva al Presidente de la República no tiene reflejo mayoritario que le acompañe en el Congreso. Lo que nos ha pasado y seguirá pasando en esta arquitectura constitucional y con esta estructura de partidos, es un Congreso que acaba volviéndose uno de los principales desafíos y complicaciones al Ejecutivo. Desde el año 1997 el partido con más votos no alcanza el 40%, ni siquiera el 35% (y la tendencia es a decrecer). Pura aritmética. Esa es nuestra historia política, machacona, desde hace 15 años. Y decimos que ante esa realidad de fuerzas, votos y representación, lo que nos queda es intentar un gobierno de coalición. Y que los gobiernos de coalición son naturales en el Parlamentarismo. Ese es nuestro diagnóstico y eso es lo que decimos: Parlamentarismo porque es el formato que mejor ajusta a nuestra realidad plural. No tengo la menor de dónde saca usted que el Parlamentarismo traerá una discusión ilustrada y menor patrimonialismo en el Estado. Ambas son aspiraciones nuestras y que apuntamos en el texto, en efecto, pero que llegarán con otras acciones y medidas, jamás le colgamos tales virtudes a ningún régimen de gobierno por sí mismo. Le guste a usted o no, la pluralidad es el hecho decisivo de la política mexicana. Desde 1997 la realidad electoral confirma el rostro heterogéneo, diverso y profundamente desigual de México. De cara a los comicios del año 2012 podemos prever que el país volverá a expresar su adhesión a tres grandes corrientes políticas y una variedad de formaciones disímbolas. De esa suerte, el escenario más probable es el que han confirmado las cinco elecciones federales precedentes: un Presidente que emana del tercio mayor de votantes frente a un Congreso integrado por una mayoría opositora. ¿Y qué vamos a hacer? Podemos repetir el libreto de los últimos tres lustros; podemos ensayar alternativas mayoritarias, dispositivos ingeniosos y más o menos autoritarios, para otorgarle al Presidente una mayoría que el electorado no le dio. Pero también podemos –según nuestro documento- diseñar un nuevo régimen político que se ajuste a la realidad sin asfixiarla: un tipo de arreglo Constitucional que necesita de las coaliciones para poder gobernar mediante un acuerdo público entre partidos; un programa de gobierno común y un gabinete de compromiso que emerja del Congreso. Así funciona el Parlamentarismo. 3) Todo esto y más dice nuestro documento, pero con mucha prisa y poco análisis usted sentencia: “En su simplicidad, el documento genera la impresión equívoca de que el cambio de régimen es cuestión de que todos los actores políticos se pongan de acuerdo”… el IETD “propone modelos generales que sólo incrementan el temor al cambio”... “Por desgracia el documento del IETD no ofrece un cómo llegar a ese punto y se desgasta en un ejercicio de imaginación sin sustento. Bienvenido el debate serio”. Convendría que la admonición se la aplicara a sí mismo con algún rigor, porque en lo que hace a nosotros, usted se ha peleado con sombras, sin mostrarse capaz de entender el centro del diagnóstico y de la propuesta. Hay en su texto, una obsesión desmedida por los sucedáneos del presidencialismo (decreto, iniciativa preferente) y por las medicinas favoritas de los free-riders autóctonos con más o menos dinero (candidaturas independientes, reelección). Y en su afán fuerza a nuestro texto a debatir con su marco preestablecido… obviamente no le cuadra el círculo porque no son nuestros temas ni elaboramos así nuestro diagnóstico. La frivolidad se esconde pues, allí: medir lo que se lee a partir de los prejuicios con muy poca disposición para leer con calma, escuchar y cambiar el análisis y el encuadre de los problemas. Termino: el problema político central de México, es cómo gobernar la pluralidad y como salir del estancamiento continúo. Esos grandes y graves problemas necesitan de una gran coalición para encararlos. Es obra de la política y los políticos aunque no le (me) gusten. Y el Parlamentarismo es la casa natural de las coaliciones, Esa es nuestra propuesta; es lo que si decimos. Son las coordenadas del debate que vale la pena. Un buen comienzo sería colocar esta respuesta en su blog…. Ricardo Becerra. |
| Respuesta de Fernando Dworak a "Lo que decimos y lo que dicen que decimos" Gurú político. 25 de julio de 2010 Estimado Sr. Becerra: Antes que nada, le agradezco su respuesta. En el mejor afán de responder a sus argumentos, seguiré el orden numérico que estableció: 1) De ninguna forma muestro un desdén por el tema social mismo que, por supuesto, no me es ajeno. Incluso comparto sus preocupaciones. Sin embargo, mis comentarios se dirigen a lo que ustedes llaman en su presentación, “un cambio de régimen político que preserve todo el espacio de libertades ganadas durante la última parte del siglo XX”, como segundo punto distinto a la creación de “una red de protección social universal, incondicionada, sin excepciones”. Podríamos estar de acuerdo con el espíritu de una reforma hacendaria. Sin embargo no veo en el texto una sola propuesta clara, indicando los textos a modificar y bajo qué parámetros, especialmente cuando ya existen muchas iniciativas articuladas en el escenario nacional (viables o inviables). ¿Qué necesitamos para lograr estos objetivos? ¿IVA generalizado? ¿Otra u otras reformas? ¿Cuáles leyes deberíamos cambiar? Si no se establece un programa claro, el documento que ustedes elaboraron puede terminar en un conjunto de buenos deseos. Creo que usé el término “pensamiento mágico” en alguna parte del artículo que comentó. Con respecto a las estructuras de bienestar social y dejando de lado la debacle financiera de los mercados bursátiles, cabe mencionar que las estructuras financieras de seguridad social en Chile y México, por ejemplo, se encuentran financieramente rebasadas sin que esto implique descalificación o culpabilidad alguna hacia los trabajadores o desempleados de país alguno. Bajo este argumento, un aparato burocrático desmedido disminuye de manera proporcional la capacidad gubernamental para hacer frente a una crisis de mercados, como la que atinadamente describe. Fuera del razonamiento que usted ofrece (si es posible llamarlo así), las líneas que apunta obedecen en mi opinión, a una escuela de pensamiento (algo que legitimé como parte del juego político, independientemente de que coincidamos o no). Me explico: la burocracia siempre busca la justificación de su existencia y difícilmente baja sus demandas en cuanto a asignación de recurso. ¿Cómo pretenden regular y controlar a la maquinaria burocrática? En Europa no han podido. Incluso ustedes escriben en el último párrafo de la página 30 lo siguiente: “no apostamos, claro está, a que el Estado se desate en una espiral voluntarista de gasto incontrolado; mucho menos porque el déficit sea utilizado para engrosar la burocracia o el gasto corriente; decimos, sí, que el déficit es un instrumento de política económica y que debe usarse siempre con responsabilidad y en atención al ciclo económico, impulsando prioritariamente la inversión en la infraestructura, ampliando las posibilidades de crecimiento del conjunto de la actividad del país y en atención expresa a las necesidades de la sociedad”. Para ser más exactos, ¿cómo piensan disminuir el aparato burocrático y regular sus constantes crecimientos desmesurados? 2) De ninguna forma niego u oculto que nuestra democracia no ha sido capaz de generar los cambios que tanto necesitamos. Simplemente afirmo que no hay evidencias reales de que un cambio de régimen signifique la concreción de los cambios que caracterizan a un sistema u otro. Es vital tomar en cuenta el contexto. Desarrollé mis postulados en el documento. El sistema parlamentario se apoya, entre otras cosas, en mayorías cohesivas pues la única vía para acceder al poder es a través de la carrera parlamentaria. Por otro lado, los sistemas presidenciales pueden establecer lazos de colaboración entre los partidos cuando hay una mayor independencia de los legisladores de sus institutos políticos – algo que en nuestro país no se permite por la falta de reelección, no porque tengamos partidos adecuados al sistema parlamentario. En Iberoamérica diversos países han sabido generar arreglos en el gobierno para permitir coaliciones en los congresos sin que haya mediado un cambio de régimen. Si de las buenas intenciones que generaron el documento objeto de este debate “casi sin querer”, ¿por qué no realizar “con serias intenciones” un estudio comparado que permita identificar con claridad los puntos antes de plantear un cambio de régimen? Mi respuesta, como obra en el texto, es: porque no hay evidencia concluyente que muestre la conveniencia o viabilidad de cambiar de sistema de gobierno bajo las condiciones reinantes. Reitero: antes de pensar en un cambio de régimen es preciso desarticular aquellos elementos que distorsionan el sistema presidencial en México, mismos que fueron diseñados históricamente para legitimar y apuntalar a un partido hegemónico. Esto, aunque complejo por las inercias que hoy enfrentamos, es mejor que pensar en un cambio de régimen sin considerar todas sus implicaciones. Sobre el debate ilustrado y el patrimonialismo, y haciendo honor a la verdad, tras una nueva lectura del documento del IETD veo que estas cualidades no se atribuyen al parlamentarismo en sí. Reconozco que hay un error de interpretación de mi parte vista la ambigüedad del texto que cito: “el pluralismo realmente existente debe ser criticado por su falta de aliento, por la ausencia de ideas relevantes, por su reiterada incapacidad para la deliberación genuina e ilustrada (…)”. Agradezco su aclaración. Despejada la confusión, me es de especial interés conocer su propuesta para alcanzar debates genuinos e ilustrados. Más allá de esto, mi argumentación central se basó en los seis puntos que se encuentran en las páginas 47 y 48 del documento de IETD, los cuales traté con el debido detalle y que usted, dicho sea de paso, no ha contraargumentado más allá de su evidente oposición. En su réplica comenta: “Le guste a usted o no, la pluralidad es el hecho decisivo de la política mexicana”. El que México sea un país plural más allá incluso de las connotaciones políticas es de mi más sincero agrado, aunque no pretendo hacer tales manifestaciones a propósito de su documento, le guste a usted o no. Sencillamente atribuyo la falta de eficacia a un régimen que, entre otros elementos, genera soluciones cortoplacistas al no existir un solo operador que pueda dar seguimiento a un arreglo después de la siguiente elección y que, por ello, premia la irresponsabilidad de toda una clase política. Por ello reitero mi posición: antes de embarcarnos a discutir un tema como el cambio de régimen y quemar las naves sin tener un diagnóstico claro sobre qué funciona y qué no, sería más conveniente tener un programa puntual de cambios que, por su dinámica, lleven a otros. Dejo ver los temas más importantes desde mi perspectiva en el texto al que usted hace réplica. Incluso hablé sobre algunos temas de diseño institucional básicos que se deberían considerar si se desea transitar a un parlamentarismo, como el federalismo y el sistema de partidos. No descarto la posibilidad de que México pueda llegar a ser algún día un sistema parlamentario. Sin embargo, el documento que ustedes presentan generó los cuestionamientos que le hago saber y que más allá de gustarle o no, no me han sido respondidos con contraargumentos más allá de la manifestación de sus percepciones. Pensar que un sistema ideal se puede alcanzar sólo con imaginarlo es ignorar los detalles finos de un arreglo, ya que las instituciones se perfeccionan y ajustan de manera empírica. En este sentido, ningún país llega a diseñar un sistema perfecto desde el papel. Incluso los regímenes más estables son aquellos que han sabido adaptar sus reglas a un entorno cambiante. Pensar en modelos acabados desde antes de iniciar a instrumentarlos, sin tener tampoco un diagnóstico claro sobre su posible funcionamiento y sus puntos débiles, tiene la misma consistencia que creer que se puede curar una gastroenteritis con un trasplante de estómago. 3) Me alegra que mi “round de sombras” como usted lo llama, haya generado una reacción tan apasionada de su parte. Cierto, un análisis más detallado correspondería a un estudio académico que detalle la hipótesis, las metodologías, que incluya una dita de fuentes, etc., elementos que usted conoce de sobra y que no obran el documento objeto de estas líneas. Agradezco su réplica pero no encuentro en ella planteamientos serios, más allá de su preferencia por el uso de adjetivos, que me haga replantear mis argumentos de fondo. La obsesión desmedida en los temas de mi preferencia, en efecto, consta en los documentos que he publicado. En todo caso, se hace patente en las argumentaciones realizadas al documento que su instituto dio a conocer. Al hacerlo público, estoy seguro de que conoce los alcances y debates que puede generar y que incluso es deseable que ocurran. Lamentablemente, la mención prejuiciosa de calificativos a título personal con los que pretende nutrir su derecho de réplica demerita el nivel de debate y lo convierte en su propio round de sombras. Si bien no me considero un defensor de los sistemas presidenciales como prejuiciosamente menciona, tampoco soy el más ferviente admirador de los sistemas parlamentarios como la panacea para resolver nuestros problemas internos. Una vez más, promover como remedio mágico uno u otro sistema sin considerar de manera seria sus desventajas y desconociendo el contexto nacional, sería tan intrépido como saltar al vacío. Concluyo: uno de los problemas políticos serios en México, desde mi punto de vista, también lo es el protagonismo a ultranza de quienes participan como actores, o incluso como narradores y promotores de grandes soluciones. Gobernar con pluralidad también implica, desde la base, escuchar con pluralidad. Coincido con usted: un buen comienzo sería publicar este documento por ambas partes, ustedes en su página y yo en el blog donde colaboro cada semana. Saludos, Fernando Dworak | |